sábado, diciembre 03, 2005

no hay salida.

La noche esparce sobre mí su melancólica canción;
perniciosas notas sucumben mi soledad,
pero no logran despertarme de la pesadilla de mi ruina.
Tal vez sea tarde, no lo sé;
las agujas del reloj son mis enemigas.
Si al menos fuese como ellas no me sentiría tan solo,
y podría detenerme ante cada número del reloj para contarles que existo, que soy.

El desvalido Cupido habita en mi corazón,
prisionero en él, sumido en el pantano de su autismo sentimental.
Imposibilitado de gritarle a todos su pena.
Yo lo escucho llorar, ¡sacrílego llanto!, bajo la luz de la luna que resplandece en mi desesperación.
Deberían percibir éste sufrimiento; yermas palabras que no hallan destinatario, insensibles manos que sobre ningún cándido cuerpo reposan.
Así soy, así fui, y rezo a Dios para así no ser cuando el mortuorio viento del mañana pronuncie con altivez mi nombre.

¿Dónde estaré, Padre Celestial, en ese momento? ¿Crecerán sobre mí flores a la sombra de una lápida?
¿Yaceré escondido bajo tierra, en la negrura de lo infinito?
¿Dónde estaré Señor?
Soy el pecado que no conoce indulgencias.
No hay perdón, no hay arrepentimientos...
no hay salida.

Nicolás Fiks